Investigadores alertan que la desaparición masiva de insectos avanza sin hacer ruido, pero con consecuencias devastadoras.
Durante décadas convivimos con los insectos casi sin pensar en ellos. Estaban ahí, siempre. Zumbando, molestando, chocando contra el parabrisas del coche en cada viaje largo. De hecho, si creciste en los años 80 o 90, seguramente recuerdas que parar en una gasolinera no solo era para repostar, sino también para limpiar el cristal delantero cubierto de mosquitos y polillas aplastadas. Era incómodo, incluso desagradable. Nadie lo extrañaba.
Pero algo cambió. Hoy puedes recorrer países enteros —España, México, Argentina— y llegar al destino con el parabrisas casi intacto. No es solo que los coches sean más aerodinámicos. Es que los insectos, sencillamente, ya no están. Este detalle cotidiano, casi invisible, tiene nombre entre los científicos: el fenómeno del parabrisas. Y lo que empezó como una anécdota nostálgica terminó convirtiéndose en una señal de alarma.
Cuando los insectos, la base del ecosistema, empiezan a desaparecer
Durante mucho tiempo dimos por hecho que los insectos eran prácticamente indestructibles. Había demasiados, estaban en todas partes y parecían imposibles de erradicar. Sin embargo, en 2017, un estudio cambió por completo esa percepción. Investigadores de la Sociedad Entomológica de Krefeld, en Alemania, analizaron datos recogidos durante casi tres décadas en reservas naturales protegidas. Lo que encontraron fue devastador.
Entre finales de los años 80 y 2016, la biomasa de insectos voladores cayó un 76%. No hablamos de una ligera reducción, sino de un desplome. En verano, la época en la que la vida debería estallar, la caída alcanzó el 82%. Medían el peso total de los insectos capturados en trampas especializadas: lo que antes pesaba un kilo, apenas superaba los 200 gramos años después. Incluso en espacios protegidos, los insectos estaban desapareciendo.
A partir de este estudio comenzaron a hablarse términos que suenan exagerados, pero que reflejan el miedo real de muchos científicos: apocalipsis de los insectos, armagedón de los insectos. No porque mañana vayan a desaparecer todos, sino porque estamos erosionando lentamente los cimientos que sostienen los ecosistemas. Como quitar ladrillos de los cimientos de un edificio: al principio no pasa nada. Con el tiempo, todo se viene abajo.
Las estimaciones varían. Algunos investigadores calculan una pérdida anual del 2,5% de la biomasa de insectos. Otros, más conservadores, hablan de un 1% anual. Puede parecer poco, pero el resultado final es el mismo. No se discute si habrá colapso, sino cuándo.
Un colapso global que no se limita a Europa
El problema no es exclusivo del Viejo Continente. Uno de los casos más impactantes se documentó en el bosque de Luquillo, en Puerto Rico, un entorno prácticamente virgen, sin agricultura intensiva ni pesticidas. Allí, el biólogo Brad Lister comparó sus estudios de los años 70 con mediciones realizadas casi 40 años después.
El contraste fue brutal: la biomasa de insectos había caído entre un 97% y un 98%. Lo más inquietante no fue solo la desaparición de los insectos, sino el efecto dominó que provocó. Al faltar la base de la cadena alimentaria, los animales que dependían de ellos comenzaron a desaparecer también. Lagartijas, ranas y aves insectívoras sufrieron caídas drásticas. El ecosistema entero empezó a colapsar desde abajo.
En este caso, el aumento de la temperatura aparece como un factor clave. El bosque se calentó unos dos grados centígrados en pocas décadas. Para insectos tropicales, adaptados a climas extremadamente estables, ese pequeño cambio fue suficiente para romper sus ciclos reproductivos. Aun así, existe debate científico sobre el peso relativo del cambio climático frente a fenómenos como los huracanes. Y este matiz es importante: no hay una sola causa.
La desaparición de los insectos como una muerte lenta
Los expertos coinciden en que el colapso de los insectos no tiene un único culpable. Es el resultado de muchas presiones actuando al mismo tiempo. La destrucción del hábitat es probablemente la más grave. Paisajes diversos y llenos de flores han sido reemplazados por monocultivos extensivos que, aunque verdes, funcionan como auténticos desiertos biológicos.

La agricultura intensiva es un desierto biológico
Durante unas pocas semanas al año hay alimento. El resto del tiempo, nada. Para un insecto, es como vivir en una ciudad donde los supermercados abren solo unos días y luego desaparecen durante meses. A esto se suman los pesticidas modernos, especialmente los neonicotinoides, que convierten a toda la planta —incluido su néctar y su polen— en una fuente de veneno.
En dosis altas, estos químicos matan. En dosis bajas, generan un daño más sutil y devastador: desorientación, pérdida de memoria y fallos en la navegación. En las abejas, este efecto provoca que salgan a buscar alimento y nunca logren regresar a su nido.
La contaminación lumínica añade otra capa de presión. Los insectos nocturnos se guiaron durante millones de años por la luna y las estrellas. Hoy giran alrededor de farolas y focos hasta morir de agotamiento o convertirse en presas fáciles. Y esto no es anecdótico: la polinización nocturna es mucho más importante de lo que creíamos.

Índice de abundancia de lepidópteros y otros invertebrados entre 1970 y 2010
El cambio climático, además, no solo calienta el planeta: altera los tiempos. Plantas e insectos que evolucionaron juntos empiezan a desincronizarse. Cuando uno aparece antes o después de lo esperado, la relación se rompe. Y cuando se rompe una relación clave, todo el sistema se resiente.
¿Realmente está disminuyendo la población general de insectos?
Aquí hay un matiz crucial que suele pasarse por alto. No todos los insectos están desapareciendo. Algunos, de hecho, prosperan. Pero no son los que queremos. Mientras mariposas, abejas silvestres o escarabajos especializados declinan, especies oportunistas y resistentes encuentran un paraíso en este mundo alterado.
Mosquitos invasores, langostas, cucarachas urbanas y plagas agrícolas se adaptan mejor al calor, a la contaminación y a los entornos simplificados. El resultado es inquietante: estamos cambiando diversidad por riesgo. Mariposas por enfermedades. Equilibrio por caos.
En Europa y América Latina, mosquitos tropicales están expandiendo su territorio gracias a inviernos cada vez más suaves. Con ellos llegan enfermedades como el dengue, el zika o el chikungunya. No vamos hacia un mundo vacío, sino hacia un mundo dominado por unas pocas especies molestas y peligrosas.
El error de pensar solo en las abejas
Cuando se habla de la crisis de los insectos, casi siempre se piensa en las abejas. Pero incluso aquí hay confusión. Las abejas melíferas, las productoras de miel, son animales gestionados por humanos. No están al borde de la extinción como especie.

Porcentaje de declive de diversos grupos de insectos en la última década
El verdadero drama afecta a las más de 20.000 especies de abejas silvestres. En Europa, cerca del 10% ya están oficialmente amenazadas y más de un tercio de sus poblaciones están en declive. En América del Norte, algunas especies de abejorros han perdido más del 80% de sus poblaciones en apenas dos décadas.
Y aun así, centrarnos solo en las abejas es un error. Avispas, moscas especializadas, escarabajos y hormigas cumplen funciones esenciales: controlan plagas, reciclan materia orgánica, dispersan semillas y polinizan plantas que ni siquiera asociamos con insectos. Cuando ellos desaparecen, el sistema no se ajusta: colapsa.
¿Cómo afecta el colapso de los insectos a nuestra comida y a la economía?
No es cierto que la humanidad se extinguiría si desaparecen los insectos. Pero sí viviríamos peor. Mucho peor. Los cultivos básicos seguirían existiendo, pero frutas, verduras, café, cacao y frutos secos se volverían escasos o prohibitivos.
Este futuro no es teórico. En algunas regiones de China, la desaparición de los polinizadores obligó a reemplazarlos por personas que polinizan flores a mano, una por una. Es un trabajo lento, caro e insostenible. La naturaleza hacía gratis algo que no podemos permitirnos pagar.
Se estima que el valor económico de la polinización supera los 150.000 millones de dólares anuales. Cuando los insectos desaparecen, no solo perdemos biodiversidad: perdemos dinero, estabilidad alimentaria y resiliencia agrícola.
Una crisis grave, pero todavía reversible

Toda propiedad con jardín o terreno debería contar con un hotel de insectos
La buena noticia es que los insectos tienen una capacidad de recuperación extraordinaria. A diferencia de grandes mamíferos, se reproducen rápido. Si les damos espacio, regresan. Experimentos de agricultura regenerativa han demostrado que permitir la presencia de flores silvestres y vegetación espontánea no solo beneficia a la biodiversidad, sino que también mejora la productividad.
A nivel individual, pequeños gestos importan: reducir insecticidas, apagar luces exteriores por la noche, plantar especies nativas. El silencio de los insectos no es normal. Es una advertencia.
«La próxima vez que veas un insecto, quizá valga la pena detenerse un segundo antes de apartarlo. Puede parecer insignificante, pero es uno de los pequeños ingenieros que mantienen en pie el edificio de la vida».
Raquel de la Morena.





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